Luces Argentinas

El texto a continuación pertenece a “Luces Argentinas”, un libro publicado por “Revista todo es Historia”, distribuido por la Empresa Distribuidora Sur S.A.

Llega a la Argentina un gran invento

¿Qué ocurría en nuestro país mientras las novedad científico-técnicas invadían las exposiciones internacionales y naciones como Alemania o Estados Unidos rivalizaban en el descubrimiento de nuevos inventos?

El siglo XIX fue desde su inicio una época convulsionada: luego de declarada la independencia de las “Provincias Unidas del Sud América” en 1816, no se formó un estado nacional capaz de expresar la voluntad general y las respectivas provincias mantuvieron su autonomía gobernándose a sí mismas. Guerras civiles, violencia sin fin, caudillos y autoritarismo tiñeron el periodo de 1820 a 1853, que culminó con la organización de la Confederación, primer intento viable de gobernó de unidad nacional.

Desde 1862, hubo tres presidencias señeras: las de Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Nicolás Avellaneda, en las que no faltaron marchas y contramarchas, secesión de Buenos Aires, levantamientos montoneros y la guerra del Paraguay; problemas que debió enfrentar y solucionar la flamante nación. Terminada la etapa de formación, la situación se despejó a partir de 1880, cuando Julio A. Roca, apoyado por la Liga de gobernadores, asumió como presidente de la Nación. El lema “Paz y Administración” resumía la nueva etapa de crecimiento y progreso que auguraba un “destino de grandeza”.

Hemos descripto muy someramente los vaivenes políticos de la Argentina, para imaginar qué tipo de sociedad era la de entonces y cómo se vivía. Naturalmente nuestro territorio no era un paisaje de ciudades industriales como las europeas; por el contrario y parafraseando al historiador Tulio Halperín Donghi, era un inmenso desierto en busca de una nación, en el que cada tanto emergían ciudades, con su típico trazado damero y cuyos edificios principales (casa de gobierno, iglesia e intendencia) erigidos alrededor de la plaza, marcaban el ritmo y las actividades urbanas. Este apacible escenario, se fue modificando paulatinamente, a medida que el modo de producción capitalista se expandía y, por ende, transformaba las zonas periféricas tales como América Latina.

Es en este contexto donde resulta significativo analizar las transformaciones de la ciudad de Buenos Aires, que había dejado de ser la gran aldea “sucia y maloliente” de principios de siglo – según describían los viajeros ingleses-, para convertirse en la bella ciudad portuaria, transformada y modernizada, luego de que la ley de federalización, la designara capital de la república y sede del gobierno nacional, en 1880. Asimismo, este hecho posibilitó la fundación de la ciudad de La Plata como nueva capital de la provincia de Buenos Aires; su construcción tardía en plena fiebre progresista de los ochenta la convirtió en una ciudad de trazado innovador (de diagonales que reemplazaban al típico damero colonial), capaz de recibir y aceptar las nuevas tecnologías: precisamente por eso, fue la primera urbe que tuvo alumbrado eléctrico. En efecto, la incorporación de las novedades del progreso científico de la humanidad, fueron posibles debido a la apertura mental de algunos pioneros que apostaron a los adelantos tecnológicos.

Los primeros emprendimientos eléctricos (1850-1880)

Para describir la historia de la electricidad en la Argentina, deberíamos dividir la segunda mitad del siglo XIX en dos partes: la primera (1850-1880) arrancaría con la consolidación de la revolución industrial y el capitalismo como sistema económico, y la segunda (1880-1907) culminaría con la implantación y uso masivo de la electricidad.

Durante la primera etapa, que coincide con los tiempos de desarrollo científico-técnico europeo, encontramos una serie de experimentaciones en busca de una nueva fuente de iluminación. En una conferencia dictada en 1946, Eulalio Raúl Vergara relató pormenorizadamente las anécdotas que aquí comentamos: el odontólogo de origen vasco-francés Juan Echepareborda, realizó el primer ensayo de iluminación eléctrica, en 1853. Este gran precursor, aficionado al estudio de la electricidad y la mecánica, invitó a su casa a varios profesores de medicina para mostrarles un espectacular experimento que el diario La Tribuna del 4 de septiembre de 1853, describió así: “fue magnífico el efecto que produjo esa luz sobre los muros de las casas (el suceso se realizó en los altos de su propia vivienda, ubicada en Suipa cha y Rivadavia), sobre los muebles y sobre los mismos rostros. Semejante a una aurora boreal, la luz eléctrica alumbra los espíritus y deslumbra sin herir ni fatigar los ojos y sería sorprendente el espectáculo que ofrecería la Plaza de la Victoria o alguno de sus frentes iluminados por el admirable aparato del señor Echepareborda, en cuyo elogio debemos decir que, es el primero, entre nosotros, que lleva a cabo esta clase de ensayos, que demandan inteligencia, gastos y una asidua contracción”. Este extenso párrafo contiene todos los tópicos que se desarrollarán posteriormente cuando la electricidad sea una realidad: desde la recurrente comparación de la luz eléctrica con el sol y la idea de que otorga claridad mental, hasta los costos de su implementación, tal como veremos más adelante. También, es interesante resaltar que este experimento de Echepareborda se concretó apenas diez años después del primer ensayo de alumbrado público realizado en la Plaza de la Concorde de París (Francia), el 20 de octubre de 1843, en el que se utilizó el arco eléctrico entre electrodos de carbón, aparato similar al usado por nuestro precursor.

Actual “Usina del Arte” – Foto Archivo de la Nación

Seguramente el seguimiento de las actividades de Echepareborda se debe a la novedad y al deslumbramiento que causaban sus experimentos; por eso, el mismo diario La Tribuna anunció el 10 de noviembre de 1853 que se proponía –para el día siguiente-, alumbrar con luz eléctrica el interior del cuartel del batallón San Martín, adelantando que iba a ser un espectáculo maravilloso.

El debate sobre el uso de la electricidad ya era frecuente, aunque todavía se desconocían sus grandes aplicaciones: el diario El Nacional del 26 de octubre de 1853, recuerda a sus lectores que la luz eléctrica se produce “por fuerte pilas galvánicas entre puntos de carbón y que da un brillo como el sol”; pero agrega “esta luz no es muy a propósito para el alumbrado común, porque no puede conservarse en una y la misa fuerza prescindiendo de otras causas menos ostensibles pero no por eso menos inconvenientes en su conjunto” .

Con motivo de los festejos del 25 de mayo, el diario La Crónica del 28 de mayo de 1854 hace referencia a un nuevo trabajo de Echepareborda, bajo el sugestivo título de “Para la Historia”: “Por la noche fuegos artificiales e iluminación a gas, y para hacer más brillante la fiesta, el señor Echepareborda colocó sobre la Recoba Nueva, dos aparatos de luz eléctrica con los cuales anonadó los faroles de gas y aceite, enseñoreándose sobre la concurrencia que atónita de la belleza de aquella “aurora boreal” volvía los ojos hacia esos focos brillantes, verdadera maravilla de la ciencia humana. La Plaza estaba tan clara como de día, pudiendo leer los caracteres de lápiz y aún retratar el reflejo de aquella luz hermosa. Felicitamos de paso al señor Echepareborda por el éxito completo de sus ´aparatos´”.

Los emprendimientos de este vasco pionero coincidieron con el cambio del sistema de iluminación de Buenos Aires, aunque no se trataba de luz eléctrica, sino del alumbrado a gas, que luego de tímidos esbozos se inauguró oficialmente en 1856.

Ya en la década de 1860 comienza a lucirse en Buenos Aires el uso de “sofisticados” aparatos eléctricos. Primeramente fue la instalación del telégrafo, cuyo uso masivo en Europa comenzó en 1850; luego, a medida que se conocieron las innovaciones fue común utilizar las campanillas eléctricas para llamar al personal de servicio y los relojes eléctricos, que se hicieron comunes en hoteles y barcos. Más importante aún, en 1874 se instaló el primer cable telegráfico de comunicación submarina y en 1878 el primer teléfono; estas novedades se conocieron en nuestro país casi en simultaneidad con el “mundo desarrollado”. No obstante esto, frecuentemente estos inventos no suelen asociarse con la electricidad; probablemente por una característica técnica que los diferencia: utilizan bajas tensiones y su difusión fue temprana (casi llegaron al mismo tiempo que los ferrocarriles)

La iluminación de las grandes ciudades

Es indudable que los dos grandes “asuntos” de la electricidad son el suministro de alumbrado (público y privado) y el transporte, porque forman parte del gran núcleo problemático de la generación, transmisión y transformación de la corriente alterna; ambos puntos pertenecen y conforman los cambios del universo científico posterior a 1880.

El período tratado abarca desde 1880 hasta 1907 y comprende la instalación de las primeras empresas, la multiplicidad de sistemas eléctricos utilizados y la discusión sobre la conveniencia de municipalizar los servicios eléctricos. En realidad, desde los tiempos coloniales la municipalidad tuvo a su cargo el suministro del alumbrado público que podía otorgar o no a un concesionario. Por esa razón y tal como apuntábamos antes, los pedidos y las demostraciones para las concesiones debían obtener la decisión final del municipio.

La importancia de esta segunda etapa, está relacionada con el descubrimiento de la lámpara incandescente de Edison y la revolución tecnológica, que estalló en 1879 y cuyos “efectos” recién comenzaron a utilizarse en nuestro país a finales del siglo XIX.

Tal como sostienen en su exhaustivo estudio monográfico Jorge Liernur y Graciela Silvestri a quienes seguimos en este apartado, estas grandes novedades se dieron a conocer rápidamente en Argentina aunque no generaron confianza en la población y mucho menos en los sectores dirigentes. A modo de ejemplo, observemos que en 1881 (adviértase que sólo habían transcurrido dos años del invento de Edison) llegó Fermin Vieyra como representante de Stagg Brothers de Londres y le propuso a la municipalidad de Buenos Aires el alumbrado de la ciudad con iluminación eléctrica. Se rechazó el ofrecimiento por considerarlo un paso prematuro pues todavía no existía ninguna “gran ciudad europea” iluminada por este nuevo sistema.

No sorprende que el único hombre público que estuvo a favor de esta iniciativa haya sido Domingo F. Sarmiento, pero solamente era la notable excepción que confirmaba la regla. En efecto, Sarmiento, ya desde sus primeros escritos, Facundo (1845) y luego en sus Viajes (1846/48), describió a la electricidad como un gran prodigio. Sin duda pensaba en el telégrafo y en el teléfono que había conocido en Europa (que como vimos, no forman parte de los grandes hitos de la electricidad). Pero luego en 1880, ya advertía “la dimensión técnica y las consecuencias globales de un mundo electrificado”. (2) Respecto de lo que la electricidad significaba, resulta interesante describir las razones esgrimidas por Sarmiento y por la prensa sobre el ofrecimiento de Vieyra. Mientras los funcionarios se opusieron por temor y desconocimiento. Sarmiento desplegó argumentos que desnudaban la relación existente entre progreso técnico y oportunidad económica “(…) los capitalistas europeos echan la vista por el mundo en busca de ciudades iluminables inmediatamente por la electricidad, mandan a sus agentes a Buenos Aires a ofrecer la primicias de los grandes descubrimientos (…) No es nuestra municipalidad la que con sus luces habrá de decidir sobre la practicabilidad de la industria eléctrica. Es la ciencia conjunta de todas las naciones y la opinión del capital la que decide en este punto. Hace tres años que Edison lanzó a la circulación la idea de aquella posibilidad y recuerdan que aún aquí bajaron las acciones del gas. Es ahora que está en ensayos cuando se pueden hacer mejores arreglos” (3). Resulta pues, admirable y de una extraordinaria vigencia, el pensamiento pragmático sarmientino sobre la combinación de nuevas inversiones y disponibilidad de capitales.

Sin embargo, la desconfianza de la autoridades era comprensible en cierto aspectos, puesto que, por un lado, reflejaba la mirada temerosa sobre las nuevas tecnologías y por otro, ponía el acento en un punto que no era insignificante: las instalaciones eléctricas de entonces no tenían todavía suficientes mediad de seguridad que evitarían los accidentes mortables (mas allá de que las compañías se empecinaron en aclarar que se debían a la impericia o descuido del trabajador). Los temores, pues, era generalizados. Como dato curioso podemos anotar que había más confianza en los inventores y por eso los productos llevaban sus respectivos nombres (Edison, Siemens, Marconi, Westinhouse) que en la imagen o marca de una empresa, como se da en la actualidad.

Las infructuosas demostraciones

Los primeros ensayos de uso de la electricidad para iluminación artificial datan de 1882, tres años después del invento de la lámpara incandescente de Edison, cuando se perfilaba como un gran negocio. En efecto, ese año llegó a Buenos Aires un agente de Fabry y Chaucy, firma financiada por Edison para asegurarse las patentes de su lámpara en Argentina. Como representante de la empresa Edison, Mc Carthy efectuó la primera demostración iluminando la Confitería del Gas, ubicadas en las actuales calles Rivadavia y Esmeralda. Antes de otorgarle la patente, las autoridades municipales le habían exigido una prueba del nuevo método de iluminación y, para lograr su propósito, instaló una pequeña dínamo de 15HP. También en 1882, a la empresa Brush R. Cassels de Estados Unidos, representada por el señor Walter R. Cassels, inició gestiones para obtener la concesión del alumbrado público y privado de la ciudad. El entonces intendente Torcuato de Alvear, otorgó el permiso verbalmente, haciendo posible la instalación de una usina precaria en el Mercado del Centro, situado en las calles Perú y Alsina. Si bien se colocaron cuarenta lámparas de arco ubicadas en el propio mercado y en las calles Perú y Florida, la poca estabilidad de la luz y las imperfecciones de la instalación de la pequeña usina provocaron airadas protestas del público, lo que motivó finalmente que las autoridades municipales, luego de gran indecisión, negaran la concesión. El propio Cassels también había iluminado eléctricamente los pabellones de la Exposición Continental de Plaza Once.

Los primeros intentos de iluminación tuvieron como “objetivo complementario”, la cualidad de adornar o ser un espectáculo en sí mismos. En general las nuevas tecnologías se exhibían y probaban en espacios y edificios representativos o en fiestas oficiales.

Igual que en las ciudades europeas, las demostraciones realizadas en Buenos Aires fueron seguidas con sumo interés por la población curiosa y, en el caso de la Exposición Continental de 1882, también cumplió una función educativa: mostrar qué era y cómo se generaba la electricidad. No obstante los esfuerzos realizados por Cassels para lograr reconocimiento, la mentalidad de los funcionarios y de la población (mayoritariamente conservadora) terminaron rechazando estas iniciativas).

La Plata: Primera ciudad iluminada de América Latina (1883)

Cuando se le negó la concesión en 1883, Cassels – desalentado – desmontó sus instalaciones y se trasladó a la ciudad de La Plata, atendiendo la invitación que le realizara el propio gobernador, Dardo Rocha.

Allí instaló la primera usina y 200 focos de dos mil bujías cada uno, bajo la dirección del ingeniero Nelson (llegado al país en 1881) y convirtió a La Plata en la primera ciudad sudamericana alumbrada por electricidad y con la primera central eléctrica del país (1886). El alumbrado eléctrico público se extendió rápidamente e incluso se utilizó para viviendas particulares.

La nueva ciudad mostraba orgullosa su gran adquisición y en 1892 sumó otro estreno: el primer tranvía eléctrico. Se denominó Tramway Ciudad de La Plata, y la provisión eléctrica también fue realizada por la Compañía de Electricidad del Rio de la Plata, dirigida por el propio Cassels. El 9 de noviembre de 1892 se realizó el paseo por avenida Independencia desde la calle 50 hasta la 45. En el primer viaje inaugural, Cassels conducía el tranvía y llevaba como pasajeros al ministro de Obras Públicas de la provincia, diputados, senadores e invitados especiales. Tres días después se repitió la experiencia en un tramo más largo, alcanzado un rotundo éxito. Luego de las hazañas platenses, Cassels instaló servicios eléctricos en San Nicolás, Tucumán, Rosario y una zona de la Capital Federal.

La Plata con iluminación electrica – Foto Archivo de La Nación

La gran luminaria de La Plata se conoció y ponderó rápidamente y contribuyó a que el sistema de alumbrado eléctrico se generalizara: ya en 1886 se iluminó eléctricamente Montevideo, cuando se creó la Sociedad de Alumbrado Eléctrico, compañía privada que fue estatizada en 1897.

Muchas ciudades del interior como Córdoba y Rosario, realizaron ensayos antes que Buenos Aires y cuando ésta comenzó, una cantidad de ciudades y pueblos bonaerenses lo hicieron simultáneamente: Mercedes, en 1891, Bragado y Bahía Blanca en 1897, entre otras.

Fuente: “Luces Argentinas, La Historia de la Electricidad en Nuestro País” – Edesur

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